Carolina, su hijo de nueve años les dio el pelo a los enfermos de cáncer

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Bogotá(Colombia) 08/09/2017. - Samuel, niño de 9 años que decidió dejarse crecer el pelo durante un año para donarlo a niños que padecen cancer. Foto Óscar Pérezâãäåæçèé

Samuel Escandón Páramo se dejó crecer el pelo sin razón aparente y misteriosamente se lo mandó a cortar cuando le medía 25 centímetros. Una decisión que hoy es preciado regalo para su mamá.

Samuel Escandón Páramo, después de donar su cabello. / Fotos Óscar Pérez

Carolina, voy a comenzar por lo que debería ser el final, porque le voy a contar algo que está exento de convencionalismos.

Su hijo, con su pelo, y usted, son los protagonistas de esta historia que terminó el pasado 8 de septiembre, cuando después de mucho tiempo él decidió cortárselo. Ya era el momento (y el largo suficiente) para concluir con una misión que él mismo se impuso en honor a usted: donar esos mechones de pelo a quien lo perdió como consecuencia de una batalla contra el cáncer.

Cómo nació la idea

Estuve con Samuel cerca de dos horas, primero en la peluquería y luego en un café, y nunca se le escapó una queja. Eran las 3:30 de la tarde y no había almorzado. Pero eso no le importó, distrajo su estómago con un pan de queso y jugo de lulo. Se sentó para enseñarme que los más pequeños son ejemplo para jóvenes como yo o para adultos como usted.

Hace unos diez meses, Samuel tuvo una idea de amor y desprendimiento. Nació a raíz de usted, que lo inspiró con su ejemplo, pues de las veces que usted llevó a su hijo a jornadas de ayuda a perros sin hogar, a abuelos sin familiares que los cuiden, y a visitar a niños con cáncer, caló en él un espíritu y una consciencia diferente. Especialmente, aquella vez que a Samuel no lo dejaron entrar a ver los niños con cáncer.

Su deseo de compartir con ellos, contemporáneos suyos, fue truncado debido precisamente a su corta edad. Samuel se quedó con la idea y tuvo que conformarse con irse del lugar con las mismas preguntas con las que llegó.

Averiguó, eso sí, que las mujeres donan su pelo a fundaciones que hacen pelucas para gente con cáncer. Luego, por esos días, leyó con su papá, Carlos, la historia de un niño que, cinco años atrás, donó su pelo en un pueblo pequeño de Estados Unidos.

El despliegue de la noticia llegó hasta él. Lo bonito del periodismo es que las historias contadas tocan, por lo menos, a una persona. En este caso fue a Samuel.

“Me enteré de que la única cura que había era que no tendrían pelo. Y pues, no sé, me puse triste y me puse a pensar, con el pelo largo ya, ‘¿y si lo dono?’”, me dijo.

Sin que su papá lo incitara, él le contó la idea, inspirada en usted y en su vida que celebra hoy. Después del primer paso, Carlos lo apoyó sin peros, le dibujó el posible panorama al que con solo nueve años se vería afrontado con su familia, sus amigos de equipo de fútbol y la gente corriente que camina y opina en la calle.

Lo llenó de fortaleza y le reforzó qué es tener confianza en sí mismo, en sus convicciones y decisiones. El plan, en un principio, se concibió como una arbitrariedad de Samuel. Solo sabían Carlos, Samuel y Luigi, su peluquero de Antonio Peluquerías.

Carlos averiguó cómo era el procedimiento para la donación. Encontró que en Bogotá hay seis fundaciones que reciben pelo. Luigi, por su parte, le enseñó a Samuel cómo cuidar sus mechones rubios cada dos meses que iba a cortarse las puntas. Para Luigi era la primera vez que le cortaría el pelo a un niño.

Hasta los veinticinco centímetros de largo –y de tiempo– tuvo que soportar los comentarios de las personas increpadoras: parece una niña, ¿acaso es marica? Además, en una ocasión, un vendedor de jugos callejeros, sin ánimos de ofender, le dijo “la ñapa para la princesa”.

Samuel no desistió, se llenó de valor y respondía “que yo estaba bien así, que no quería cortármelo, además decía que era mi opción o me di cuenta de que no era necesario devolverles nada”. Qué valentía, qué resistencia para darle como regalo de cumpleaños su historia de desprendimiento, para darle la alegría a alguien de sentir de nuevo pelo.

Por presiones de su suegra, Carlos le contó a ella. Necesitaba ayuda en la familia para batallar contra el prototipo de que los niños deben de usar siempre el pelo corto. También su hijo mayor, al final del experimento, fue partícipe para disipar las críticas. Nadie más entendió por qué le permitían al niño llevar ese tipo de largo.

Pero no siempre fueron críticas, mamás del equipo de fútbol le llegaban con regalos: champú natural de manzanilla, balacas para jugar sin que le estorbara el pelo, hasta moñas de colores usó porque no tenía con qué más recogérselo. A nadie se le dijo nada, porque la intención no era recibir favores por lo extraordinaria que resultaría su historia.

Humildemente se enfrentó a estas situaciones y quiere que su anécdota inspire a más pequeños a que entiendan que todos, en esta vaina que es la sociedad, podemos ayudar y contribuir a que la gente no se sienta sola en sus dificultades.

Cuando cobra sentido la historia

Ahora me entiende cuando le digo que Samuel es luz, que sus palabras desaparecen todo dejo de maldad, que su sonrisa mueca enseña que felicidad es amar sin ataduras a las cosas, que su sacrificio es admirable, que su consciencia burla los supuestos que dictan en qué edad uno entiende la vida.

Así que, de nuevo gracias a usted, porque sin la obligación suya de saberlo, a los ocho años le dije adiós a una de mis más amigas del colegio. Ella tenía cáncer, ella perdió su pelo en medio de su lucha por alargar el tiempo en este mundo; ella –como toda niña vanidosa en el buen sentido de la palabra– jugaba con pelucas de todos los colores: roja, rosada y morada, para burlar su calvicie; ella fue ejemplo de tenacidad y lucha. Su hijo me recuerda esa autenticidad de niño que tenía ella.

Aún es el día que no entiendo por qué se fue tan rápido, al igual que Samuel, quien no entiende por qué la única cura para la gente que padece cáncer es perder su pelo. Pero lo que hizo él por usted y por las personas como María Antonia, mi amiga, es el fiel acto que devuelve a la existencia la vida de ella que ya no está e impulsa la de los otros a que la sigan batallando para permanecer por más tiempo. Aquí cobra todo sentido la frase del poeta mexicano Octavio Paz: para que pueda ser, he de ser otro… los otros, que me dan plena existencia. Y su hijo, Carolina, se abrazó a esta sentencia con apenas nueve años.

¡Feliz cumpleaños, Carolina! Y a usted y a su esposo, felicitaciones por regalarle al mundo un ser humano de la calidad de Samuel.

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